El cantante granadino Miguel Ríos hizo famosa una canción titulada «Los viejos rockeros nunca mueren».
Al conocer la noticia de la muerte de nuestro MAESTRO Juan Tamariz, lo primero que pensé fue que, en realidad, no había muerto. Porque cuando alguien llega a ser tan grande, es imposible que muera del todo.
¿Murieron Picasso, Elvis Presley, Gabriel García Márquez o Gary Cooper? No. Ellos siguen estando entre nosotros porque alcanzaron una dimensión tan grande en sus respectivas profesiones que, cuando pensamos en ellos, no lo hacemos como personas que ya no están, sino como personas que siguen vivas a través de su obra, de su talento y de nuestros recuerdos.
Y con Juan Tamariz ocurrirá exactamente lo mismo.
Todos los que tuvieron la suerte de conocerle bien coinciden en una cosa: su enorme generosidad. ¿Quién soy yo para llevarles la contraria?
Es sabido por todos que Juan no tenía secretos para los magos. Todo lo contrario: quería que los demás pudieran aprender, avanzar y trabajar con aquellas técnicas y aquellos conocimientos que a él le habían costado tantos años de estudio, esfuerzo y dedicación.
Su amor por la magia era tan grande que deseaba que todos pudiéramos crecer con ella. Por eso no se guardaba nada.
Nos dejó sus libros, sus publicaciones, sus conferencias, sus vídeos y, sobre todo, una inmensa parte de su conocimiento. Nos entregó un verdadero tesoro a todos los que amamos este maravilloso arte.
La primera vez que vi a Juan fue en el Congreso Nacional de Magia de Málaga, en 1998.
Juan bajaba solo por las escaleras del Hotel Alay. Levanté la cabeza y le vi. En aquel momento no vi simplemente a un hombre: vi a un ídolo, a un artista de primer orden, a uno de los grandes maestros de la magia.
Aproveché que yo era uno de los organizadores de aquel Congreso para presentarme. Lleno de nervios, le invité a visitar una exposición de 52 caricaturas realizadas por el dibujante gráfico Ángel Idígoras, en la que Juan era precisamente uno de los protagonistas.
Y entonces ocurrió algo que me sorprendió enormemente: Juan comenzó a hablarme con una naturalidad y una cercanía como si nos conociéramos desde hacía años.
Yo estaba delante del Maestro mundial de la magia y, al mismo tiempo, deseando encontrarme con mis amigos y conocidos para poder decirles:
«¡He conocido y he hablado con Juan Tamariz!»
El corazón me multiplicaba los latidos.
Después tuve la suerte de coincidir con el Maestro en más ocasiones. Incluso algunos magos malagueños tuvimos la oportunidad de cenar con él en el Restaurante Chinitas, aquel lugar tan conocido de Málaga donde también almorzaba cada día El Chiquito de la Calzada.
Juan, cuando estaba en Málaga, solía cenar allí y almorzar en El Tintero, ese famoso chiringuito de la playa especializado en pescado.
Son recuerdos que ahora adquieren un valor todavía mayor.
Hoy estoy triste. Muy triste.
Se ha ido el Maestro de miles de magos. Ya no tendremos la posibilidad de volver a hablar con él, de escuchar su voz, de compartir una cena o de disfrutar de una de aquellas conversaciones que convertían cualquier momento en algo especial.
Pero, por suerte, Juan nos dejó mucho más que recuerdos.
Nos dejó sus libros, sus enseñanzas, sus palabras, sus vídeos, sus juegos, sus técnicas y, sobre todo, su manera de entender y de amar la magia.
Mientras exista un mago que estudie sus libros, mientras alguien vuelva a ver uno de sus vídeos, mientras unas cartas se mezclen entre las manos de alguien que aprendió de él, mientras un niño descubra el maravilloso mundo de la magia… Juan Tamariz seguirá estando con nosotros.
Por eso hoy, aunque las lágrimas nos acompañen, quiero despedirme de él con una frase que resume todo lo que siento:
Los grandes magos nunca mueren.
Gracias, Maestro.
Gracias por todo lo que nos
diste.
Gracias por enseñarnos a amar la magia.
D.E.P. Juan Tamariz.







